Olvídate de mí
Acabar el sábado con unas cuantas copas de Jack Daniels (repito: Jack Daniels, y no Negrita o DYC, como es costumbre) y con una chica polaca es una manera cojonuda de (vuelvo al principio de la frase) acabar el sábado. Pero todo tiene su fin (“el fin es el comienzo”, dice con toda la razón del mundo Bunbury) y su principio, y llegó el domingo, y desperté con resaca, con la polaca, y con mucha, muchísima materia para estudiar.
Intenté (en vano) cortar de raíz la resaca: al levantarme, me comí 4 mandarinas, me tomé un paracetamol, bebí unos cuantos litros de agua… En media hora me tenía que poner a estudiar. Uno no aprueba los exámenes ni follando ni borracho (por desgracia).
Más o menos (más menos que más) atajada la resaca, quedaba por largar a mi huésped: ya digo que una chica polaca, guapa, con el culo un poco gordo, eso sí, pero digna de mi cama.
Digna de mi cama, pero no de mi examen.
La desperté. Se despertó. Le dije que tenía un examen, que tenía que marcharse. Me pidió que la dejara dormir un rato más. Mi “no” fue tajante, autoritario. Me dijo que le recordaba a su padre. Le respondí que a mí no me iba practicar el incesto. No me entendió. Le dije que se fuera. “Vístete deprisa y olvídate de mí”, como decía Gurruchaga.
Ella se marchó de mala hostia, con un portazo que hizo temblar la lámpara.
La de sacrificios que tiene que hacer uno para aprobar un puto examen…



